Nos adentramos en una inhóspita noche del
siglo XIX, en una humilde casa situada en la cima de una montaña en Edimburgo.
Allí vive Madeleine, un alma caritativa, aunque algo chiflada, que asiste
a las parturientas que no tienen a dónde ir; ella se encarga de traer al mundo
a los retoños de unas madres, que viven fuera de la ley o que por
circunstancias personales no desean ocuparse de sus bebés, como las prostitutas
o las niñas que juegan a los médicos. A todas ellas las asiste y nunca les hace
preguntas incriminatorias u dolorosas. Pero el bebé que acaba de nacer tiene un
grave problema: un corazón tullido, duro, un corazón sordo e incapaz de bombear
si no lo repara de inmediato. La doctora de los tullidos le coloca a Jack, un
corazón artificial, un reloj viejo de madera, de cuco, que tendrá que ser
accionado todos los días y que le permitirá llevar una vida normal en
apariencia, siempre y cuando respete las reglas del juego: nunca debe tocar sus
agujas, ni expulsar su cólera a borbotones y, por supuesto, no puede
enamorarse: su corazón no soportaría los espasmos que provoca ese descontrolado
sentimiento.
Así que Jack pasa a ser uno más de la familia de
los desarraigados y, aunque Madeleine lo quiere mucho, espera que alguna de los
padres que acuden para llevarse a su cálido hogar a esos niños desgraciados, lo
adopte. Pronto descubre que eso no sucederá jamás, pues él es diferente y como
tal, es rechazado, conminado a espabilarse por sí mismo, pese a la burbuja
protectora con la que lo envuelve su “hada madrina”.
El día de su cumpleaños baja al pueblo y el peligro
le sale al paso: descubre a la torpe niña miope de grandes ojos y se
enamora de ella. La visión de la que luego se convertirá en la famosa Mis
Acacia se fija en su retina, la suerte ya está echada. Se apunta a la escuela
para verla, soporta las crueles vejaciones de Joe y de sus compañeros, descubre
la ira y desata la cólera; en poco tiempo, ha sembrado el camino de su
desgracia, ha desobedecido a su bienhechora, rompiendo todas y cada una de las
prescripciones médicas. Es tal su desesperación, que se le mete una idea
absurda en la cabeza: debe partir y encontrar a la joven, esa será a partir de
ahora el único fin de su vida. Emprende el viajecon el hatillo que le
prepara Madeleine y que lleva algo de ropa, el duplicado de las llaves de su
corazón y un montón de tarritos con sus lágrimas que ella le regala y que el
guardará como delicados tesoros:
Son mías. Cuando lloro, recojo mis lágrimas en un frasco y las
almaceno en el sótano para hacer cócteles”. Hatillo repleto de tarros con sus
lágrimas y algo de ropa y me entrega el duplicado de las llaves de mi corazón.
El recorrido desde París hasta la cálida
Andalucía le mostrará las dobles caras del mundo: se encontrará con el
repulsivo Jack, el Destripador, pero también con Georges Meliés, el cineasta,
que en la historia será una peculiar Elena Francis, además de su
amigo y el relojero, encargado de cuidar el engranaje de su corazón de madera.
Al principio parece que todo va viento en popa, pues su desvalimiento provoca
el enamoramiento de la joven y ambos viven el desenfreno amoroso e intercambian
sus almas y secretos. Es un amor romántico descrito con todo lujo de
detalles, pero, ¡ay!, al apasionamiento le suceden los celos, las dudas, el
deseo desgarrado que no encuentra vías de explosión. El autor nos muestra todos
los estadios de ese amor desgarrado que provoca fiebre perpetua y que, al
final, se rompe por las circunstancias, los celos, la ira que provoca la
presencia de otros.
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